Para buena parte de la humanidad, la Vía Láctea es algo que se ve en fotografías, no en el cielo. La luz de las ciudades, las carreteras y los anuncios ha borrado las estrellas de la vida cotidiana de miles de millones de personas. Precisamente por eso, mirar el cielo nocturno se ha convertido en un motivo para viajar. El llamado astroturismo, o turismo de cielos oscuros, crece en desiertos, montañas y pueblos alejados que han descubierto que su oscuridad es un recurso valioso.
El problema de fondo es la contaminación lumínica, y empeora más rápido de lo que se creía. Un estudio publicado en 2023 en la revista Science, encabezado por el físico Christopher Kyba, analizó más de 50.000 observaciones hechas a simple vista por voluntarios de todo el mundo entre 2011 y 2022, a través del programa Globe at Night. Encontró que el brillo del cielo nocturno aumentó en promedio un 9,6 % al año. A ese ritmo, un niño que puede ver 250 estrellas al nacer solo vería unas 100 al cumplir 18 años. Los satélites habían subestimado el fenómeno porque no captan bien la luz azul de los LED blancos, que dispersa mucho resplandor en la atmósfera.
Frente a esa pérdida, la oscuridad se ha vuelto un atractivo con valor de mercado. Según estimaciones de la consultora Growth Market Reports citadas por El Español, el mercado global de turismo de cielos oscuros alcanzó unos 1.450 millones de dólares en 2024 y podría superar los 4.000 millones en 2033. Una encuesta de Booking.com para 2025 encontró que el 62 % de los viajeros está interesado en destinos de cielo oscuro o "nocturismo", y la organización educativa Road Scholar informó un aumento del 68 % en las inscripciones a sus programas de astronomía en 2025.
Los destinos de referencia combinan altitud, clima seco y poca población. El desierto de Atacama, en Chile, alberga algunos de los mayores observatorios del mundo y una red de pequeños hoteles astronómicos. La reserva NamibRand, en Namibia, y la reserva Aoraki Mackenzie, en Nueva Zelanda, figuran entre los cielos más oscuros certificados. España se ha convertido en uno de los países más activos: tiene más de 70 destinos y más de 20 reservas con certificación Starlight, entre ellas Sierra Morena, en Andalucía, con más de 400.000 hectáreas. La organización DarkSky International ha certificado más de 200 parques, reservas y comunidades de cielo oscuro en varios continentes. Los eclipses impulsan picos de demanda: el eclipse total del 12 de agosto de 2026 agotó con meses de antelación los alojamientos en la franja de totalidad en el norte de España, y el del 2 de agosto de 2027, visible en el sur de España y el norte de África, ya genera reservas.
La tendencia tiene matices. Por un lado, el astroturismo ofrece una oportunidad económica a zonas rurales que pierden población, y da a los municipios un incentivo para regular el alumbrado. La certificación exige usar luminarias que no proyecten luz hacia el cielo y tonos más cálidos, medidas que también reducen el consumo eléctrico y protegen a aves, insectos y otros animales nocturnos. Por otro lado, existe el riesgo de que la oscuridad se convierta en un lujo: experiencias con telescopios privados en hoteles exclusivos, mientras la mayoría de la población urbana pierde el acceso cotidiano a las estrellas. Y el turismo masivo hacia lugares remotos puede traer el mismo tráfico y la misma luz que se buscaba evitar.
Quizá el mayor valor del astroturismo sea simbólico. Recuerda que el cielo estrellado no es un paisaje inmutable, sino un patrimonio que se está perdiendo y que puede recuperarse con decisiones sencillas sobre cómo iluminamos nuestras ciudades. Para empezar, no hace falta viajar a Atacama: basta con alejarse unos kilómetros de las luces, esperar a que los ojos se acostumbren a la oscuridad y mirar hacia arriba.
Fuentes: Kyba et al., Science (2023); Phys.org; El Español (julio de 2026); Growth Market Reports; Booking.com; Road Scholar; DarkSky International; Fundación Starlight; The Economist (vía Revista Mercado).
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