Durante buena parte del siglo XX, muchos educadores aconsejaban a las familias inmigrantes que no hablaran su lengua materna con sus hijos: creían que criar a un niño con dos idiomas lo confundiría y retrasaría su desarrollo. Hoy la idea se ha invertido por completo. En artículos de divulgación y en la publicidad de escuelas de idiomas se repite que el bilingüismo "entrena el cerebro", mejora la concentración y hasta retrasa el Alzheimer. La realidad científica es más interesante, y bastante menos categórica.
El origen de la idea positiva está en los trabajos de la psicóloga canadiense Ellen Bialystok, de la Universidad de York. A partir de los años ochenta, sus estudios ayudaron a desterrar el mito de que el bilingüismo perjudica a los niños, y luego encontraron que los niños bilingües rendían mejor en pruebas de "funciones ejecutivas", el conjunto de habilidades que nos permite concentrarnos, ignorar distracciones y cambiar de tarea. La explicación propuesta era elegante: como los bilingües tienen ambos idiomas activos a la vez, su cerebro practica constantemente la tarea de inhibir uno y seleccionar el otro, lo que funcionaría como un gimnasio mental.
Esa hipótesis empezó a resquebrajarse en la década de 2010. Un equipo de la Universidad de Edimburgo, liderado por Angela de Bruin, revisó más de un centenar de ponencias de congresos y descubrió un sesgo de publicación: el 68 % de los estudios con resultados favorables al bilingüismo llegaron a publicarse, frente a solo el 29 % de los que no encontraban diferencias. Kenneth Paap, de la Universidad Estatal de San Francisco, calculó que el 83 % de las comparaciones publicadas desde 2011 no hallaban ventaja alguna, y que los resultados positivos procedían sobre todo de muestras pequeñas. Un metaanálisis de Minna Lehtonen y sus colegas, publicado en 2018 en Psychological Bulletin, concluyó que, una vez corregidos esos sesgos, no había evidencia sólida de una ventaja cognitiva general en adultos.
El caso de la demencia es parecido. Algunos estudios, entre ellos los del grupo de Bialystok, encontraron que los pacientes bilingües recibían el diagnóstico de Alzheimer cuatro o cinco años más tarde que los monolingües. Un metaanálisis de 22 estudios, publicado en 2020 en Neuropsychology Review, confirmó que los estudios transversales muestran un retraso de unos 4,7 años en la aparición de síntomas. Sin embargo, los estudios longitudinales, que siguen a las personas en el tiempo y son más fiables, no encontraron que el bilingüismo redujera el riesgo de desarrollar demencia. Los autores advirtieron que factores como el nivel educativo o la condición migratoria pueden confundir los resultados.
¿Por qué es tan difícil responder? Porque los bilingües no forman un grupo homogéneo. No es lo mismo un niño que crece con dos lenguas en casa que un adulto que aprendió inglés en la escuela, ni un intérprete profesional que alguien que apenas usa su segundo idioma. A eso se suma un problema de causalidad: ¿el bilingüismo mejora la cognición, o las personas con más recursos cognitivos y económicos tienen más probabilidades de aprender idiomas? Una revisión de 2019 en Annual Review of Linguistics describió el campo como un debate en "punto muerto".
Nada de esto resta valor a hablar varios idiomas. Las ventajas comunicativas, culturales, laborales y sociales son indiscutibles, y no existe evidencia de que el bilingüismo perjudique el desarrollo infantil, como se creía hace un siglo. Lo que la ciencia pide es separar esos beneficios reales de una promesa de "superpoder cerebral" que no ha resistido el examen. Aprender un idioma vale la pena por sí mismo, no como un suplemento para la inteligencia.
Fuentes: Scientific American; Bialystok et al. (Universidad de York); de Bruin, Treccani y Della Sala, Psychological Science (2015); Paap et al., Cortex (2015); Lehtonen et al., Psychological Bulletin (2018); Brini et al., Neuropsychology Review (2020); Annual Review of Linguistics (2019).
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