Algo está cambiando en la manera en que las nuevas generaciones se relacionan con el alcohol, y las cifras de la industria lo confirman: el valor de mercado de las 50 mayores empresas de bebidas alcohólicas del mundo ha caído 46% desde su punto máximo en 2021, según un índice de Bloomberg, una pérdida de valorización de 830,000 millones de dólares que los analistas comparan en magnitud con una crisis estructural del sector.
El fenómeno tiene nombre: "sober curious", un término acuñado en 2018 por la escritora Ruby Warrington para describir a quienes, sin necesariamente abrazar la abstinencia total, cuestionan el impacto del alcohol en su cuerpo y su vida social. No se trata de un movimiento moralista ni de rechazo absoluto: es, más bien, una decisión consciente sobre cuándo, cómo y por qué beber, en lugar de seguir por inercia la cultura dominante del "brindis obligatorio".
Los datos de la Generación Z son contundentes, aunque con matices importantes según el país. En Estados Unidos, encuestas de la consultora Circana estiman que 65% de los jóvenes de esta generación planea reducir su consumo de alcohol en 2026, y casi 40% aspira a un estilo de vida completamente libre de alcohol. La encuesta Gallup registra que solo 54% de los adultos estadounidenses consume alcohol actualmente, el nivel más bajo en ocho décadas, con una caída más marcada entre mujeres (11 puntos porcentuales desde 2023) que entre hombres (5 puntos). Sin embargo, un estudio global en 15 países muestra un panorama más matizado: en promedio, 74% de la Generación Z sigue consumiendo alcohol de forma regular, y la brecha con el resto de los adultos se ha reducido significativamente en algunos mercados como Taiwán o China, donde el consumo joven incluso supera al de los adultos mayores.
El impacto económico ya se siente más allá de las grandes cerveceras: en México, cuyo tequila y cerveza dependen en más del 80% del mercado estadounidense, las exportaciones de tequila cayeron de 281.8 a 268.6 millones de litros entre 2024 y 2025, en parte por esta tendencia y en parte por aranceles. Las grandes marcas han respondido lanzando líneas "cero alcohol" —desde Heineken hasta Bacardi— y el mercado de bebidas sin alcohol vive lo que algunos analistas llaman su "edad de oro", con opciones cada vez más sofisticadas que imitan la experiencia sensorial de un cóctel tradicional.
Detrás del dato hay un cambio cultural más profundo: para buena parte de la Generación Z, el alcohol dejó de ser sinónimo automático de diversión y pasó a verse, en muchos casos, como un obstáculo para el bienestar físico y mental que hoy prioriza esta generación por encima de la presión social de "tomar por tomar".
Fuentes: El Imparcial, El Cronista, El Mañana de Nuevo Laredo, Vinetur, The Object, The Blue Dolphin Store.
