Durante casi todo el siglo XX, la psicología de las emociones se organizó alrededor de una lista fija: enojo, sorpresa, asco, placer, miedo y tristeza. El asombro —esa sensación de estar frente a algo tan vasto que desafía nuestra comprensión previa del mundo— no figuraba entre ellas. El psicólogo Dacher Keltner, director del Greater Good Science Center de la Universidad de California en Berkeley, lleva más de 15 años documentando por qué esa omisión fue un error, y por qué el asombro merece su propio lugar como una de las emociones con mayor impacto medible en la salud humana.
Keltner define el asombro como la sensación de estar en presencia de algo inmenso que reta nuestras categorías mentales previas, y lo describe como una emoción sorprendentemente accesible: no requiere presenciar el Gran Cañón ni viajar al espacio, aunque ambas experiencias lo generan; también puede surgir al presenciar un acto extraordinario de bondad, al escuchar una pieza musical compleja o al observar, con atención genuina, algo tan cotidiano como un cielo estrellado. En un estudio que abarcó 26 países, Keltner y sus colaboradores identificaron ocho "sabores" distintos del asombro —entre ellos la naturaleza, el talento humano excepcional, la música y la virtud moral—, sugiriendo que se trata de una respuesta emocional universal, no un fenómeno cultural específico.
La evidencia fisiológica detrás de esta emoción es lo que ha convertido al asombro en objeto de estudio serio dentro de la neurociencia: activa el nervio vago, ralentiza el ritmo cardíaco y libera oxitocina, la misma hormona vinculada a la confianza y los lazos afectivos. Investigadores de la Universidad de California en San Francisco, liderados por la neurocientífica Virginia Sturm, documentaron además una reducción de la actividad en la red neuronal por defecto —la región cerebral asociada al pensamiento autorreferencial y la rumiación— durante experiencias de asombro, lo que podría explicar por qué quienes la experimentan reportan sentirse menos atrapados en preocupaciones sobre sí mismos. Un estudio de Harvard de 2023 encontró que apenas 15 minutos de contacto genuino con la naturaleza pueden mejorar medibles indicadores de salud mental, mientras que investigación adicional vincula el asombro con reducción del estrés, menor inflamación sistémica y mayor generosidad hacia otras personas.
Lo más significativo, según el propio Keltner, es el efecto que el asombro tiene sobre el ego: "estamos menos fascinados por nuestra propia importancia y más interesados en nuestra conexión con otros seres", explica, describiendo una especie de disolución temporal de la autopreocupación que facilita la empatía y la cooperación social. La recomendación práctica que se desprende de esta investigación no exige grandes inversiones ni viajes excepcionales: caminatas deliberadas de "asombro" prestando atención consciente al entorno, escuchar música que genere una respuesta física de emoción, o simplemente detenerse a observar algo que normalmente se ignora por costumbre son, según Keltner y sus colegas, formas accesibles de activar un mecanismo biológico que la vida moderna, saturada de distracción y urgencia, tiende sistemáticamente a dejar sin usar.
Fuentes: Montevideo.com.uy, Infobae, Awakin (An Awe Walk), iNeurociencias, Propósito y Compromiso, Raia Diplomática, CORDIS (Comisión Europea).
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