Durante décadas dimos por hecho la misma historia: el cerebro toca su cima en la juventud y, a partir de ahí, todo es una lenta cuesta abajo.
Un nuevo estudio publicado en la revista Intelligence acaba de dinamitar ese guion. Analizando múltiples dimensiones cognitivas y de personalidad, los investigadores concluyen que el funcionamiento psicológico global no alcanza su máximo en los 20, sino mucho más tarde en la vida. Entre los 55 y los 60 años, para ser precisos.
El trabajo, liderado por Gilles E. Gignac y Marcin Zajenkowski, combinó datos de distintas pruebas para construir un índice de funcionamiento global que integra 16 dimensiones psicológicas: habilidades intelectuales, rasgos de personalidad, juicio, alfabetización financiera, resistencia a sesgos y más. En lugar de fijarse sólo en rapidez mental o memoria inmediata, los autores preguntaron algo más ambicioso: ¿a qué edad se alcanza el mejor equilibrio entre capacidades cognitivas, estabilidad emocional y calidad del juicio? La respuesta se concentró, con una claridad inesperada, en la tarda mediana edad.
El matiz es fundamental: la famosa inteligencia fluida —velocidad de procesamiento, memoria de trabajo, razonamiento abstracto— sí parece alcanzar su pico hacia los 20 o 30 años y luego declinar gradualmente. Pero otras dimensiones, como la inteligencia cristalizada, la comprensión verbal, la experiencia acumulada, la lectura moral de las situaciones y la regulación emocional, siguen mejorando durante décadas. Cuando todas se ponderan de manera conjunta, el máximo ya no está en la juventud, sino en ese rango que muchos temen: los 55 a 60 años.
Lejos de pintar un cerebro que “se apaga” a partir de los 40, los datos sugieren otra imagen: la juventud ofrece potencia bruta, pero la madurez construye un sistema operativo más sabio. Rasgos como la consciencia (ser organizado, responsable) y la estabilidad emocional alcanzan niveles altos en la quinta y sexta década de vida, justo cuando el juicio se hace más prudente y menos impulsivo. El declive, en promedio, empieza a notarse después de los 65 y se acelera tras los 75, aunque con enormes diferencias individuales: muchas personas se mantienen muy lúcidas bien entrada la vejez.
Las implicaciones para el trabajo y la vida pública son incómodas. Buena parte de las culturas laborales siguen atrapadas en la mitología del genio joven, mientras marginan o presionan para jubilar a quienes están justo en la franja donde el estudio ubica el máximo psicológico global. La investigación recuerda que los perfiles de 55–60 años pueden ser especialmente valiosos en tareas de liderazgo, toma de decisiones complejas y resolución de conflictos, áreas donde pesan más el criterio y la experiencia que la velocidad bruta. Persistir en el edadismo no sólo es injusto: también es cognitivamente ineficiente.
Desde la neurociencia, esta visión encaja con otro tipo de hallazgos: el cerebro no es un órgano que “se completa” a los 18, sino una estructura que se reorganiza en etapas a lo largo de la vida.
Estudios recientes con neuroimágenes describen al menos cinco “eras” cerebrales, con grandes puntos de inflexión alrededor de los 9, 32, 66 y 83 años. La adolescencia cerebral se prolongaría hasta la treintena, seguida por un largo periodo de estabilidad adulta, y recién después vendría el declive en conectividad. No hay un único pico; hay trayectorias diferenciadas.
En clave LifeStyle, el mensaje es más liberador que alarmante. Si el cerebro es plástico y su funcionamiento global depende de muchas piezas, entonces no estamos condenados por nuestra fecha de nacimiento. Hábitos como el ejercicio físico regular, una dieta tipo mediterránea, el sueño suficiente, el aprendizaje continuo y los vínculos significativos se asocian con mejor rendimiento cognitivo y menor riesgo de deterioro, incluso en edades avanzadas. La genética marca el terreno de juego, pero el estilo de vida decide buena parte del marcador.
Tal vez la enseñanza más profunda de este estudio sea narrativa. Nos obliga a revisar el relato que nos contamos sobre el tiempo: el de que “todo lo importante pasa antes de los 30” y después sólo queda administrar pérdidas. Si aceptamos que la mente puede alcanzar su mejor versión mucho más tarde, cambia la percepción de la carrera profesional, de los proyectos creativos, de las reinvenciones personales. No se trata de negar el envejecimiento, sino de dejar de confundir la velocidad con la sabiduría. El cerebro no es un cohete que despega y se quema; se parece más a un viñedo que da su mejor vino cuando nadie esperaba ya grandes sorpresas.
Con información del estudio de Gilles E. Gignac y Marcin Zajenkowski publicado en la revista Intelligence (2025), y de materiales de divulgación de la University of Western Australia, ScienceAlert, Infobae, La Vanguardia y otros medios especializados en neurociencia y longevidad.
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